19/12/06

¿Qué está pasando, pues? (3)

..¿Qué está pasando, pues? Arriesguemos algunas hipótesis explicativas de esa escasa presencia de los católicos en los nuevos escenarios de la vida pública en América Latina, que sintetizaré en seis capítulos con los siguientes títulos: - el divorcio entre la fe y la vida; - el cisma tradicional entre elites y pueblos; - los influjos de la cultura relativista y hedonista; - la privatización de lo religioso en democracias “procedimentales”; - el agotamiento de esquemas ideológicos y políticos del mundo bipolar; - la crisis de las formas asociativas del laicado militante; - el descreimiento de la política.

A
gotamiento de esquemas ideológicos y políticos del mundo bi-polar

Otro factor causal de la insuficiencia de presencias más significativas de católicos en la vida pública está dado por el desconcierto y cierto vacío de referencias, en realidad compartidos con los más diversos no católicos, causados por el agotamiento de los esquemas ideológicos y políticos dominantes desde fines de la segunda posguerra mundial hasta los comienzos de la década de 1990. En efecto, sectores de presencia cristiana en la vida pública de América Latina pagaron un fuerte tributo de subordinación y confusión respecto de esas interpretaciones y proyectos ideológicos que no se conciliaban con la tradición católica. La Iglesia en América Latina no podía no quedar sacudida íntimamente por las polarizaciones políticas e ideológicas que repercutían en toda la realidad latinoamericana, agudizadas desde la revolución cubana en las décadas de 1960, 1970 y 1980. Sufrió el embate de opuestos extremismos: de quienes pretendían que ignorase las injusticias, sufrimientos y esperanzas de los pueblos, no custodiase derechos y libertades fundamentales, legitimando una presunta defensa de la “civilización occidental y cristiana” con todos los medios represivos, o al menos que callase ante los costos terribles de una “guerra sucia”, y de quienes intentaban presionar la reformulación de su doctrina y acción, reduciéndola a sujeto político de apoyo a estrategias revolucionarias, incluso violentas, bajo hegemonía marxista (44). La fase histórica de guerra caliente del mundo bipolar en las periferias conmovió hondamente las comunidades cristianas de América Latina. La Iglesia católica, no sin grandes costos, supo custodiar y reafirmar su propia identidad y su propio servicio a los pueblos. El vértice de su autoconciencia eclesial y latinoamericano se expresó en el documento final de la III Conferencia General del Episcopado latinoamericano, en Puebla de los Angeles, capaz de recapitular la génesis, la historia, la cultura, los sufrimientos y las esperanzas de los pueblos latinoamericanos, desde su originalidad, su vida y destino. No ha habido desde entonces nuevas síntesis enriquecedoras. (45)

La clausura del mundo “bipolar” dejaba estos esquemas obsoletos, que sólo podían arrastrarse por inercia en forma anacrónica. Se desmoronaron la teoría de la dependencia, teorías y estrategias revolucionarias, opciones y modelos de socialismo. No está más a la orden del día la Revolución (con esa R mayúscula, expresiva de pretensiones mesiánicas). Incapaz de crítica histórica sobre el derrumbe del “socialismo real” y de revisión crítica epistemológica de sus propios fundamentos, el marxismo ha queda como pálido vagabundo en la historia. La crisis del socialismo deja también a la social-democracia en un pantano indefinido de referencias teóricas y estrategias políticas. La teología de la liberación, como teoría y praxis de un cristianismo inculturado en América Latina, ha quedado muda, o a lo más cansinamente repetitiva, prisioneras de sus límites y confusiones, sin autocrítica superadora, precisamente cuando hubiera podido reproponerse superando sus lastres ideológicos para bien la Iglesia y los pobres. También, poco después de la euforia del liberalismo vencedor y de sus recetas del “Consenso de Washington”, se resquebrajaba nuevamente la resurgida utopía del mercado auto-regulador, demostrando todos sus límites, contradicciones y perjuicios devastadoras (46)

En medio de un difundido desconcierto se clausuraban los dos cauces políticos predominantes del compromiso de los católicos en tiempos del bipolarismo mundial. Se agotaba culturalmente y se esfumaba políticamente la corriente social-cristiana, debilitándose mucho su perfil y significación (exigida hoy de refundación), y entraba en colapso la constelación de “cristianos para el socialismo” (y del socialismo se requeriría también una radical refundación teórica y política, por el momento inexistente)

Antes y más allá de las democracias cristianas y de los cristianos para el socialismo, la Iglesia ha convivido pacíficamente, salvo episodios clamorosos y controvertidos, con los movimientos nacionales y populares que marcaron la vida política de muchos países latinoamericanos por variadas décadas del siglo XX. A través de ellos se operó definitivamente la ruptura de las “polis oligárquicas” decimonónicas mediante procesos de incorporación económica, social y política de vastos sectores populares a la vida nacional, los cuales provenían de un “humus” católico que suscitaba adhesión o, al menos, respeto y consideración. Sin embargo, no hubo en ellos fuerzas organizadas y significativas del laicado católico que tuvieran orgánicamente un influjo especial. Actualmente estamos en una nueva fase de irrupción de sectores de excluidos - de ámbitos sociales y económicos “informales”, sectores indígeno-campesinos, desocupados, etc. -, que pretenden ser representados por formas políticas de gobierno y de protesta, según una diversidad de casos, en los que perfiles culturales confusos van desde referencias genéricas y a veces instrumentales a la tradición cristiana hasta tendencias de hostilidad contra la Iglesia

La gigantesca fase de transición de épocas que se vive es de tal magnitud y repercusión que desplaza a tercera o cuarta fila muchos libros que hasta hace veinte años se tenía que tener al alcance de la mano, y que exige replanteamientos radicales y globales. La misma Iglesia está llamada a una profunda renovación de su juicio histórico, tarea necesaria de grandes exigencias. Es lo que ha comenzado a emprendido el pontificado de Juan Pablo II desde la encíclica “Centesimus Annus” (47) y que prosigue con clarividencia el pontificado de Benedicto XVI como nuevo llamamiento a “invertir” en la razón y libertad. Sin embargo, ante esa exigencia se hace más notorio un cierto déficit que se advierte entre los cristianos y las comunidades cristianas en América Latina de un discernimiento profundo y de un juicio sintético orientador respecto a la coyuntura actual, de apuestas proyectuales respecto a los próximos futuros posible de los pueblos latinoamericanos. Falta por doquier pensamiento de síntesis fuertes, falta iniciativa de mayores horizontes y largo aliento, falta meter a fuego prioridades, falta debatir abiertamente sobre lo que más importa, falta cuajar convergencias firmes, claras, motivadoras, en medio de tanta generosidad dispersa. A eso estamos llamados los cristianos, las comunidades cristianas, si pretendemos una renovada presencia y aporte en la vida pública de nuestros países y a escala regional.

Es condición necesaria (aunque no suficiente) superar lo meramente reactivo (y, por eso, reaccionario) de quienes sólo ven confusión, amenaza y peligro ante “populismos”, “indigenismos” e “izquierdismos”, o de quienes pretenden cubrir la variedad y complejidad de situaciones y desafíos con la capa de ideologismos gastados o de verborragias y tomas de posición tan iracundas como simplistas. Una cosa son las proclamas encendidas, pero otra muy diversa y mucho más compleja y difícil es el gobierno realista de la cosa pública, sus estrategias y programas de transformación y construcción, en medio de escasos márgenes de maniobra y de situaciones difícilmente controlables. Una cosa es la conciencia de un mestizaje incompleto y lacerado, y la justa reivindicación de dignidad y justicia para los sectores indígenas; otra cosa es la de un “indigenismo” anacrónico, que pretende contraponer raíces cristianas, ibéricas e indias, que se alimenta de la “leyenda negra” y pretende incluso volver a los “brujos” y “chamanes”. Es tentación la de contraponer, dividir, polarizar e insultar para reinar, pero la gigantesca obra de reconstrucción y liberación de pueblos exige contar con la mayor convergencia popular, nacional e ideal de energías. Es fácil acumular las tintas acusatorias sobre los chivos emisarios que cargan con nuestros males, pero mucho más difícil es asumir seriamente la grave responsabilidad de ir definiendo y actuando, desde las propias circunstancias, nuevos paradigmas de desarrollo, justicia y reconciliación a la altura y en las condiciones de nuestro tiempo. Es contradictorio apostar por el imprescindible desbloqueo, por una seria y radical reconstrucción del MERCOSUR y por caminar decididamente hacia nuestra anhelada Unión Sudamericana (pues solos y aislados no vamos a ninguna parte) y, a la vez, operar confusamente contra ello, reduciéndolo a retóricas confusas, a rivalidades de campanario, a la provocación o azuzamiento de dialécticas de contraposición entre países hermanos. Tenemos, por cierto, necesidad de corredores bi-oceánicos, anillos energéticos regionales, “tradings” productivos extensivos hasta la constitución compañías multinacionales sudamericanas y latinoamericanas, liberalización comercial y complementación económica entre países hermanos, unidad de intereses e ideales para negociar y conquistar nuevos mercados a 360 grados, pero tenemos sobre todo necesidad de recomenzar desde la reconstrucción de la persona y la conciencia de ser pueblo, o sea de los sujetos protagonistas de todo cambio o construcción que no se revelen efímeros o ilusorios (48)

La crisis de las formas asociativas del laicado militante

Otra faceta de ese desconcierto y vacío podría ser indicado en la crisis sufrida por formas asociativas del laicado católico, allí donde se formaron los militantes católicos con mayor protagonismo en la vida pública de las naciones. Estas formas asociativas han sido siempre muy importantes en la formación y el protagonismo de los laicos, y más aún, en las condiciones de modernización y diferenciación en sociedades cada vez más complejas. En efecto, las asociaciones se mueven, según sus objetivos y campos de acción, y gracias a la circulación de experiencias que suscitan a su interior, en ámbitos más vastos y cruciales de aquellos territoriales de la vecindad, que son los más propios de las parroquias. Tienen muchas veces dimensión nacional e incluso internacional. Se hacen presentes en los “areópagos” de la sociedad, que son las actividades y ambientes transversales, “funcionales”, de la convivencia, como los de la economía, la política, la cultura, etc. No en vano, el Concilio Vaticano II destacó su importancia y recomendó su desarrollo y fortalecimiento (49)

¿Acaso no provinieron de sectores juveniles de la Acción Católica gran parte de los líderes católicos fundadores de las corrientes social-cristianas y los partidos demócrata-cristianos en países latinoamericanos, desde la nueva síntesis “maritainiana”, dejando atrás los reductos católicos en los partidos conservadores y sus incrustaciones integristas? Paradójicamente, la Acción católica general se iba extinguiendo por muchos países de América Latina precisamente en los años sesenta, por una pérdida gradual de vitalidad y cierta incapacidad a superar formas mentales e institucionales que iban quedando anacrónicas, precisamente cuando el Concilio Vaticano II continuaba a recomendarla encarecidamente. Si aquella generación de los fundadores de las corrientes y partidos social-cristianos tuvo una fuerte experiencia de formación y participación en la Iglesia, especialmente a través de la Acción Católica, sucesivas generaciones de militantes y dirigentes concentrados en una óptica primaria, si no exclusivamente política, carecieron de aquella experiencia de pertenencia eclesial, lo que reducía la “inspiración cristiana” a una referencia inasible y abstracta, y dejada a la merced de oscilaciones entre las ideologías fuertes del mundo bipolar. La pérdida o debilitamiento de vasos comunicantes con la Iglesia, ella misma en un proceso complejo de renovaciones y secularizaciones, agudizó esa crisis (50)

En la Acción católica especializada, o de ambiente, de origen franco-belga, y de fuerte ímpetu de presencia en América Latina desde los años cincuenta, sectores estudiantiles vivieron los ímpetus de renovación que llevarían al Concilio Vaticano II y que se expresarían en la renovación conciliar. La “apertura al mundo” en pleno era del “engagement” - ¡no hay fe sin compromiso!- llevó a la primera generación “posconciliar” de laicos informados y sensibles, animados por sectores clericales renovadores, a un intenso compromiso en los ámbitos universitarios, sociales y políticos para la transformación de las estructuras de injusticia y dependencia en América Latina, en los “años calientes” que siguieron a las álgidas repercusiones de la revolución cubana. Quedaron marcados por el impacto combinado de las turbulencias de la primera fase posconciliar y las altas mareas ideológicas y de hiperpolitización desde fines de la década del sesenta. Fueron sectores, sobre todo estudiantiles y clericales, que intentaron acompañar e iluminar un compromiso político absorbente y radical desde la opción revolucionaria por los pobres, con el desarrollo de la teología de la liberación, de comunidades de base y de la así llamada “iglesia popular”, pero quedaron bajo cierta hegemonía intelectual y política del marxismo, en boga por entonces. Su militancia en la escena pública desembocó en las corrientes de “cristianos para el socialismo”, a veces en las aventuras trágicas de las guerrillas. La pasión y crisis de buena parte de esa primera generación posconciliar de militantes “comprometidos”, que abrió muchos caminos y replanteó cuestiones importantes pero que quedó arrastrada por oleajes ideológicos muy fuertes, concluyó en frecuentes crisis de identidad cristiana y eclesial y con el abatimiento provocado por la represión de los regímenes de seguridad nacional. El derrumbe del socialismo real fue sello final de esa coyuntura histórica (51)

Desde los tiempos del gradual agotamiento de la Acción católica “general” y de la crisis de los movimientos “especializados”, muchos Obispos latinoamericanos se repetían desconcertados: “tenemos laicos, pero no un laicado”, advertían un repliegue eclesiástico de los laicos, sustituían el vacío asociativo con la esperanza puesta en las comunidades eclesiales de base y con la participación laical en los consejos pastorales y los ministerios no ordenados. Se habló entonces de una tendencia de clericalización de los laicos, precisamente cuando comenzaba a superarse los oleajes de secularización de los clérigos. Resultaba cada vez más notoria la desproporción entre la necesaria y generosa disponibilidad de muy numerosos laicos como animadores litúrgicos y de comunidades cristianas, catequistas, colaboradores de los escasos sacerdotes en las parroquias, “agentes pastorales” revestidos de los más diversos “ministerios no ordenados”, partícipes de varios organismos, consejos y oficinas en el ámbito eclesiástico, por una parte, y, por otra, la diáspora muchas veces conformista, anónima, insignificante de los laicos católicos en el mundo del trabajo y la economía, de la política y la cultura, de los medios de comunicación social, etc. A tal punto, que algunos laicos comienzan a considerar más importante para su vida cristiana, para su participación en la misión de la Iglesia, si tienen, o no, voto consultivo o deliberativo en tal o cual organismo eclesiástico, si pueden, o no, ejercer tal o cual función pastoral, que el hecho de estar tomando cada día decisiones importantes en la vida familiar, laboral, social y política. Correlativamente, los sacerdotes terminan considerando más a los laicos como meros colaboradores parroquiales y pastorales que mediante modalidades de educación, valorización, compañía y apoyo, por parte de la comunidad cristiana, de su presencia “secular” en búsqueda de la construcción de formas de vida más humanas (52)

La III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano destacaba una opción por los “constructores de la sociedad” (53), pero sólo daba lugar a sucesivas iniciativas mas bien esporádicas. Sólo la “nueva etapa asociativa de los fieles laicos” (54), que emerge sorpresivamente en el pontificado de Juan Pablo II a través de muy numerosos y diversos movimientos eclesiales y nuevas comunidades, que el Papa acoge, valoriza y alienta con entusiasmo (55) - así como lo sigue haciendo Benedicto XVI (56) - , y que se han ido difundiendo por las Iglesias locales en América Latina, es condición, promesa y desde ya experiencia viva de gestación de una nueva generación de católicos. En tales compañías carismáticas, educativas y misioneras, se están forjando nuevos y coherentes protagonistas de la vida pública en nuestros países en una nueva generación que tarda aún a adquirir mayor madurez de inteligencia y presencia

El descreimiento de la política

A todo ello se añade un descreimiento de la política que está bastante difundido y que involucra también a muchos católicos. Por una parte, la imagen que la política da de sí queda muy a menudo ligada a la corporación de los políticos “profesionales” en la esfera de la “partidocracia”, enredada en juegos y ambiciones de poder más que referida al bien común, muchas veces teñida de corrupción. La realidad da buenos motivos para que se propague esa imagen. Sin embargo, influye también un cierto moralismo simplista que no logra aceptar que el ejercicio del poder es esencial a la política (¡poder para servir!), ni entender que ésta se realiza en el arte del compromiso, en el que combinan en modos variados los ideales y los intereses sociales. Por otra parte, muchos sectores sociales sumidos en diversas formas de marginalidad, se sienten lejanos de la gestión de la cosa pública y organizan sus propios ambientes de vida y actividades de trabajo, y a veces de mera supervivencia, en condiciones de “informalidad” y/o ilegalidad

Ciertamente hay una fuerte presencia de católicos en lo que la doctrina social de la Iglesia llama “cuerpos intermedios” o que tiende a llamarse “sociedad civil”, mediante su participación en muy diversas organizaciones no gubernamentales e iniciativas de voluntariado, en corporaciones profesionales y organizaciones sindicales, en numerosas comunidades civiles a niveles locales, en asociaciones con muy diferentes finalidades educativas, culturales, hospitalarias, asistenciales, caritativas, en redes ideales de solidaridad y cooperación, etc. Se trata de una inversión significativa de “capital social” en la construcción de la “polis”, como libre respuesta asociativa a diversas necesidades que emergen del cuerpo social y valiosa contribución al bien común (57). No en vano una de las cuestiones importantes que se plantean en nuestros países es la de refundar los vínculos sociales y políticos, reconstruir el sentido de una “comunidad organizada”, revitalizar la urdimbre de la sociedad y, de tal modo, suscitar una renovada conciencia de pertenencia nacional y de participación democrática (58). Sin embargo, esa participación de los católicos en la sociedad civil no se traduce después en renovadas modalidades de expresión política (en sentido estricto)

Ciertamente hay que rehabilitar la política, que el magisterio de la Iglesia considera como una forma de caridad. Ya S.S. Pío XII hablaba de “caridad política”. Es la forma de la caridad que tiene que inspirar la presencia cristiana en instituciones, partidos y otros ámbitos de la vida pública para encauzar las transformaciones y la organización de la sociedad hacia el bien común, combatiendo injusticias y escandalosas desigualdades, emprendiendo reformas competentes y valientes, desterrando la violencia y la mentira, teniendo siempre en mira la efectiva destinación universal de los bienes y una sana ecología humana de convivencia

Importa también a este nivel el testimonio que dan los políticos en la vida pública, en el ejercicio del poder. La traducción de las bienaventuranzas en un estilo de vida cristiana para la vida pública fue magistralmente ilustrado por la homilía del arzobispo de Buenos Aires y actual presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, el Cardenal Jorge Bergoglio, en ocasión del “Te Deum” celebrado en la catedral de Buenos Aires en la fecha patria del 25 de mayo de 2006. (59)

Los países latinoamericanos necesitan dirigentes políticos sobre todo apasionados por el bien del propio pueblo y especialmente por el de los sectores más desfavorecidos, que no antepongan sus intereses personales al bien común, con el “carisma”, talante y experiencia para conectar con la sabiduría, los sufrimientos, las necesidades y esperanzas del cuerpo social, con la competencia que se requiere para el gobierno de sociedades cada vez más complejas, con la capacidad de contar con un cierto juicio sobre la historia presente del propio país, latinoamericana y mundial, con un diseño que vaya más allá de las políticas de pequeño cabotaje, libre de toda tendencia al autoritarismo, con la magnanimidad de quien busca mayor justicia y verdad junto a la reconciliación y el perdón, capaz de sumar convergencias ideales e intereses para la mayor implicación, movilización y participación democrática de personas, familias, cuerpos intermedios, fuerzas sociales, culturales y religiosas en la construcción de la nación.

Tomado de "Católicos y vida pública en América Latina" (ver Documentos relacionados)

Teresa de Calcuta

"No esperes a los líderes; hazlo solo, de persona a persona".


Cita bíblica

"Si alguien afirma: 'Yo amo a Dios', pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto".

1 Juan 4:20

Evangelización integral

En Jesucristo encontramos nuestra plena humanidad. Ese es el punto de partida para quienes nos consideramos sus discípulos. Lamentablemente no siempre entendemos que el seguir a Jesús nos compromete en todas las dimensiones de la vida. Y no lo entendemos porque hacemos del cristianismo una mera religión, no un estilo de vida que refleja nuestra confesión que «Jesucristo es el Señor»; que su soberanía abarca la totalidad de nuestro ser.

Yo crecí en un hogar evangélico y doy gracias a Dios por mi herencia evangélica. Con el correr del tiempo,sin embargo, reconocí que lo que yo había recibido era incompleto: se me había enseñado que nuestra salvación es por la fe, por la gracia de Dios, «no por obras para que nadie se jacte» (Ef 2:9), pero no que «somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica» (Ef 2.10). En otras palabras, había recibido un evangelio que enfatizaba los beneficios de la salvación pero dejaba a un lado el compromiso con Dios en su misión en la historia. Era, en efecto, un evangelio incompleto.


Un poco de historia


En honor a la verdad, hay que afirmar que el movimiento evangélico en América Latina existe porque en otras latitudes existió un movimiento misionero evangélico.1 Las «iglesias históricas» –las llamadas «de trasplante», que llegaron a América Latina en el siglo 19– no vinieron con una visión misionera. Los presbiterianos llegaron con los escoceses; los luteranos, con los alemanes; los anglicanos, con los ingleses, y los valdenses, con los italianos. Con raras excepciones, carecían de una intención misionera.


Las iglesias misioneras, como la metodista y la bautista, y luego, con el tiempo, las «misiones de fe», fueron las que se atrevieron a predicar el Evangelio de Jesucristo en un contexto católico romano, a veces a disgusto de las iglesias históricas. No debemos olvidar que en la famosa Conferencia misionera mundial realizada en Edimburgo en 1910 no hubo representantes latinoamericanos. ¿Por qué? Porque se consideraba que América Latina era territorio católico romano, y que aquí no se podía predicar el Evangelio y formar iglesias protestantes. En consecuencia, el protestantismo criollo –el que echó raíces en América Latina y que hoy se multiplica aceleradamente a lo largo y a lo ancho del continente– fue casi exclusivamente el resultado de la labor de misioneros evangélicos (mayormente norteamericanos o británicos) que llegaron a América Latina a partir de la década de 1840 y se dedicaron a evangelizar y establecer iglesias.


En su excelente libro Rostros del protestantismo latinoamericano (Nueva Creación, 1995), José Míguez Bonino muestra que en general los misioneros que llegaron a América Latina, pese a su diversidad, tenían un mismo horizonte teológico caracterizado por una total confianza en la Biblia como la Palabra de Dios, y un énfasis en la salvación personal por la fe, por medio de la muerte de Jesucristo. Esta perspectiva teológica está asociada con los grandes avivamientos del siglo 18, primero en Inglaterra, con predicadores como Wesley y Whitefield, y posteriormente en Estados Unidos, con Jonathan Edwards, y más adelante, ya en el siglo 19, con el famoso evangelista estadounidense Moody. Aunque la perspectiva del primer despertar fue modificada a mediados del siglo 19, de todos modos se mantuvo una estrecha relación entre lo que se llamaba el «avivamiento» y la reforma social. Desde esa perspectiva era imposible separar las dos cosas: el despertar religioso y la reforma social eran dos lados de la misma moneda.


Algunos de los escritos de los grandes misioneros protestantes en América Latina en la segunda mitad del siglo 19 demuestran que ellos creían firmemente que la predicación del Evangelio tendría consecuencias sociales. Esta teología fue la que nutrió a los primeros misioneros, y, por lo tanto, también a los primeros conversos protestantes en América Latina. Fue lo que animó no sólo la evangelización, sino también la lucha por derechos humanos básicos, incluyendo la libertad religiosa. Desde nuestro punto de vista actual podemos criticar a aquellos misioneros, pero el hecho es que muchos de ellos incursionaron y aun arriesgaron la vida también en el campo político. Recordemos que en ese tiempo en América Latina no era posible nacer, ni casarse, ni morir fuera de la Iglesia Católica Romana. Esos misioneros y los primeros conversos lucharon por la libertad religiosa, pero también por la libertad en otros campos y por la formación del registro civil, para que los que no eran católicos, aunque no fueran tampoco evangélicos, pudieran nacer, casarse y morir «legalmente», fuera de la Iglesia oficial. Eso era acción política, y muchas veces acción muy arriesgada, a favor de los débiles y marginados. Con su concurso se logró establecer la educación laica en la mayor parte de los países latinoamericanos, e incluso se iniciaron programas de ayuda a los pobres. Desde nuestra perspectiva, hoy podemos calificarlos de asistencialismo, pero tenemos que admitir que fue un asistencialismo muy necesario, y muy costoso en el contexto de ese momento histórico.


Con el tiempo, sin embargo, se dieron cambios de carácter teológico que repercutieron en el enfoque de la vida y misión de la iglesia. En un importante estudio intitulado The Great Reversal: Evangelism versus Social Concern (La gran inversión: Evangelización versus preocupación social), el sociólogo David Moberg muestra cómo en las primeras décadas del siglo 20 se produjo en el «evangelicalismo» en los Estados Unidos un cambio radical en lo que atañe a la manera de ver la relación entre el avivamiento o la experiencia espiritual con la reforma social, de modo que las dos cosas pasaron a ser vistas como opuestas entre sí. Así se instaló en el mundo evangélico una manera de pensar ajena al espíritu del Evangelio: toda acción que tuviera la intención de afectar a la sociedad social y políticamente estaría en contraposición con la predicación del Evangelio y la conversión.


Para complicar el problema aún más, la disyuntiva entre avivamiento y reforma social se combinó, en los Estados Unidos y en mucho del movimiento misionero, con otros elementos tales como el literalismo bíblico, el dispensacionalismo, la intransigencia fundamentalista y la identificación del cristianismo con el capitalismo y el American way of life.


A la luz de la marcada influencia que el «evangelicalismo» estadounidense, por medio de sus misioneros, ha ejercido en las iglesias evangélicas de América Latina, no es de sorprenderse que el protestantismo «evangélico» latinoamericano sea mayoritariamente –en palabras de Míguez Bonino– «individualista, cristológico-soteriológico en clave básicamente subjetiva, con énfasis en la santificación».2 Se trata de un protestantismo que refleja un evangelio incompleto, hecho a medida para personas que se caracterizan, en palabras del mismo autor, por «una serie de actitudes y un horizonte de significación que se generan desde su propia conversión y que coinciden con las aspiraciones de ascenso de ciertos sectores de la sociedad y con el ‘ethos’ del liberalismo burgués».3


La recuperación del Evangelio integral


Para que haya una evangelización integral –una evangelización que conjugue la oferta de los beneficios de la salvación con el llamado de Dios a participar en su obra de transformación de la vida humana y de la creación– se requiere del Evangelio integral.


Hay tanta herejía en reducir la misión a programas de reforma social –y ese es el problema de muchas iglesias «históricas»– como la hay en negar la responsabilidad social que surge del Evangelio –y ese es el problema de muchas iglesias «evangélicas» conservadoras. Si la misión va a ser realmente integral, tiene que incluir la proclamación del amor de Dios en Cristo Jesús y a la vez la manifestación de ese amor en términos de buenas obras, llámense como se llamen: reforma social, acción política, acción social, servicio a los pobre, sea lo que sea. El ser, el hacer y el decir del testimonio cristiano forman una unidad y son inseparables.


Lamentablemente, con demasiada frecuencia los cristianos que se preocupan por los problemas socioeconómicos y políticos trabajan por el cambio de las estructuras sociales (en este momento quizás con menos optimismo que antes, por razones obvias) pero no dan mayor importancia a la proclamación verbal –el decir– del evangelio de arrepentimiento y perdón de pecados. En contraste, los cristianos que consideran que la experiencia de conversión individual es el todo de la fe cristiana se dedican a evangelizar y establecer iglesias, pero descuidan la puesta en práctica –el hacer– del amor en términos de buenas obras. Unos y otros precisan corregir su manera de concebir y llevar a cabo la misión de la iglesia. En otras palabras, precisan recuperar el Evangelio integral –el Evangelio que afirma que «Cristo murió por nuestros pecados» (1 Co 15:3) y a la vez que «él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo elegido, dedicado a hacer el bien» (Tit 2:14). El sacrificio de Cristo provee la base tanto para el perdón de Dios mediante el arrepentimiento y la fe como para un estilo de vida misionero caracterizado por la contante búsqueda de maneras de servir a los demás.


Sin negar nada de lo dicho, cabe afirmar, sin embargo, que la recuperación del Evangelio integral para una evangelización integral tiene que darse, no meramente en términos de conceptos abstractos, sino en términos de una práctica personal y comunitaria en que se fusionen el ser cristiano, la palabra y la acción. A esa fusión, sin la cual no hay verdadero discipulado, apunta la reflexión teológica y la docencia de la iglesia. Después de todo, ¿de qué sirven la teología y la enseñanza cristianas si no sirven para incentivar el crecimiento en el amor a Dios y el amor al prójimo?


1 Aquí uso el término «evangélico» con la acepción que tiene en inglés la palabra «evangelical», que es más restringida que la que tiene en nuestro idioma.

2 Rostros del protestantismo en América Latina, Nueva Creación, Buenos Aires/Grand Rapids, 1995, p.46.

3 Ibíd., p. 47


C. René Padilla
Ecuatoriano, es Director del Instituto de Formación Bíblico-teológica, Pastoral y Misionológica, Secretario de Publicaciones de la Fraternidad Teológica Latinoamericana, Director de Publicaciones de la Fundación Kairós y Presidente Emérito de la misma

18/12/06

¿Qué está pasando, pues? (2)

..¿Qué está pasando, pues? Arriesguemos algunas hipótesis explicativas de esa escasa presencia de los católicos en los nuevos escenarios de la vida pública en América Latina, que sintetizaré en seis capítulos con los siguientes títulos: - el divorcio entre la fe y la vida; - el cisma tradicional entre elites y pueblos; - los influjos de la cultura relativista y hedonista; - la privatización de lo religioso en democracias “procedimentales”; - el agotamiento de esquemas ideológicos y políticos del mundo bipolar; - la crisis de las formas asociativas del laicado militante; - el descreimiento de la política.

Influjos de la cultura relativista y hedonista

Hoy día esa ruptura entre Evangelio y cultura se ha ido agudizando cada vez más. El cristianismo “está ciertamente abierto a todo lo que de justo, verdadero y puro existe en las culturas y en las civilizaciones, a lo que alegra, consuela y fortifica la existencia”. En nuestra actualidad, los cristianos reconocen y acogen positivamente “los auténticos valores de la cultura de nuestro tiempo, como el conocimiento científico y el desarrollo tecnológico, los derechos del hombre, la libertad religiosa, la democracia” (34). Sin embargo, “no ignoran ni descuidan aquella peligrosa fragilidad de la naturaleza humana que es una amenaza para el camino del hombre en cualquier contexto histórico; en particular, no descuidan las tensiones interiores y las contradicciones de nuestra época” (35)

Precisamente, en nuestra época, se asiste a la paradoja de que el derrumbe del comunismo y la victoria del capitalismo liberal han puesto de manifiesto y radicalizado una “crisis de sentido” que sufre sobre todo la cultura occidental. La conclusión de la parábola de los ateísmos mesiánicos - que habían tenido en el marxismo su vértice ideológico y en el socialismo real los primeros Estados confesionalmente ateos de la historia - dejaba paso ahora a un hedonismo agnóstico, relativista, convertido gracias a los medios de comunicación masiva, y sobre todo a la televisión, en un ateísmo libertino de masas (36). Tal es la ideología dominante de las sociedades del consumo y el espectáculo, en proyección y difusión globales, vehiculada por fuertes poderes mediáticos, cada vez más lejana y hostil respecto a la tradición católica. “Así Dios queda excluido de la cultura y de la vida pública”. (37)

En efecto, se trata del nuevo opio del pueblo, que opera como distracción, confusión y banalización de la conciencia y la experiencia de lo humano, censura y ofusca los interrogativos irreprimibles de la persona sobre el origen, sentido y destino de la vida, reduce la razón a un positivismo estrecho que se desahoga con irracionales veleidades “espirituales” y “religiosas” para todos los gustos, y degenera la libertad en instintividad insaciable por exacerbación indiscriminada de los deseos. Su agresividad contra la Iglesia católica se manifiesta no sólo a través de sistemáticas campañas de desprestigio sino, más radicalmente, en la tendencia a operar una reducción del acontecimiento cristiano que sea funcional al poder mundano. Intenta así imponer su propia “agenda” a los cristianos, homologándolos en las “opiniones comunes” que el mismo poder difunde por doquier y arrastrándolos hacia un mix” sincrético y arbitrario de creencias y comportamientos, promovido y tolerado como subjetivismo irracional. Promueve, a la vez, la ordenación de toda la vida personal y colectiva en seguimiento de los ídolos del poder, del dinero, del éxito, del placer efímero. No hace más que socavar la tradición católica de nuestros pueblos, erosionar su temple humano, dificultar una auténtica educación de la persona, multiplicar individualismos invertebrados sin conciencia de pueblo, fomentar el consumo cuando nos es capital crecer en la laboriosidad y productividad, anestesiar el espíritu de sacrificio sin el cual no hay amor, ni amistad, ni grandes causas que se lleven adelante

Nada peor para América Latina que confiarse al anacronismo de retazos de las ideologías del mesianismo ateo que ya han demostrado sus miserias y fracasos, o difundir y acoger acríticamente las tendencias culturales decadentes de las sociedades de la abundancia, estancadas en el conformismo y el tedio, cada vez más estériles de todo punto de vista, que se presentan bajo las máscaras de progreso de “sociedades avanzadas”. Hay que tener clara conciencia que este relativismo utilitario y hedonista, de desembocadura tendencialmente nihilista, es ácidamente demoledor y disgregador, pero de ningún modo constructivo ni de la persona ni de la sociedad

Todo ello es contrapeso a las militancias ideales. La participación de los católicos en la vida pública se hace, en tales condiciones, más difícil y exigente. No se trata de enquistarse en resistencias defensivas y blandir postulados de la revelación cristiana que habría que respetar por parte de un Estado “católico” y que éste tendría que mantener vigentes en la vida pública por medio de sus poderes coercitivos, como todavía lo piensan minoritarios sectores de tradicionalistas tan recalcitrantes como impotentes. Hay que estar preparados, inteligentemente, a dar buenas razones que afronten los nuevos problemas y desafíos planteados desde una concepción del bien integral de la persona y los pueblos, que sea compartible, más allá de confines confesionales, con quienes buscan efectivamente ese bien, participando con coherencia, competencia y valentía en el debate público. La fe de los creyentes, llamada a imprimir una calidad ética en la esfera pública, está exigida de expresarse según la argumentación racional que es propia de la deliberación política. ¿Acaso Benedicto XVI no está llamando y urgiendo a una revalorización de la razón, no encerrada y disminuida en sus límites utilitarios, sino alargada en todas sus dimensiones posibles, hasta el encuentro con la fe, que la sostiene y potencia, que “todo lo ilumina con nueva luz (...) y orienta la inteligencia hacia soluciones plenamente humanas” (38)?

La privaticidad de lo religioso en las democracias “procedimentales”

Incluso predomina hoy en muchos poderes y ambientes la idea de que el relativismo, en cuanto pluralismo ético, es condición de posibilidad de la democracia. Sin duda, la Iglesia católica aprecia la democracia, especialmente después de un siglo de ideologías y sistemas totalitarios, de tiranías represivas, de conculcación de derechos humanos y libertades, de “guerras sucias”, del uso de las torturas, secuestros y desapariciones, de estrategias violentas que han sido políticas de muerte y la muerte de toda política, y hoy también de terrorismo globalizado. Sin embargo, cierta universalización de la democracia, no exenta de bolsones negros y amenazas por en muchas partes, ha coincido con la crisis de sus mismos fundamentos. “En numerosos países, después de la caída de las ideologías que ligaban la política a una concepción del mundo (…) – escribía Juan Pablo II -, un riesgo no menos grave aparece hoy (…): el riesgo de la alianza entre la democracia y el relativismo ético” (39)

Más aún, los credos religiosos y las narraciones ideológicas son considerados como amenaza de fanatismo, intolerancia y violencia. En sociedades cada vez más pluriculturales y multi-religiosas, la democracia debería construirse sólo desde reglas razonables de procedimiento, formas provisorias de consenso mayoritario, confinando las creencias a los ámbitos de lo “privado”, sin que pretendan tener relevancia en la vida pública (40)

Sólo quedan coletazos de aquel laicismo decimonónico que reaccionaba ante cualquier presencia pública de la Iglesia con airados tonos anticlericales, pero hoy predomina la cultura relativista que pretende dejar toda referencia a verdades objetivas y a convicciones religiosas y éticas fuera del dominio público. Se pide a los ciudadanos - incluidos los católicos - “que renuncien a contribuir a la vida social y política de sus propios países según la concepción de la persona y del bien común que consideran humanamente verdadera y justa, a través de los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a disposición de todos los miembros de la comunidad política” (41)

Es bien cierto que todo Estado religioso, confesional, ideológico, lleva consigo un dinamismo de violencia contra la libertad. Es el caso del “fundamentalismo”. Hoy lo es evidente en los regímenes de tradición islámica. Lo que de por sí es relativo, como una ordenada convivencia sobre bases liberales, no puede convertirse en absoluto. Y no es esto una buena advertencia para los latinoamericanos, que hemos tenido la tendencia a sacralizar los principios políticos como verdades absolutas según inflaciones ideológicas. Pero la alianza de relativismo y democracia deja a ésta asentada sobre un tembladeral. En verdad, “la historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está de la parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, según la cual no existe una norma moral, arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepción del hombre, del bien común y del Estado” (42)

Una democracia que no sepa fundarse y estar animada por algunos grandes criterios que distingan lo justo de lo injusto, lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso, pierde sangre y linfa vitales, no genera auténticas conciencias de pertenencia patriótica, no da bases firmes para la solidaridad social, se muestra incapaz de grandes convergencias ideales y constructivas. Tiende a anteponer los intereses al bien común, a quedar a merced de los poderes dominantes, a, a confinar la política en obsesiones y juegos de poder, a corromper la vida pública de las naciones

La paradoja de una democracia fundada en el relativismo ético es que niega en vía teórica una verdad ontológica sobre el hombre, pero permite al poder dictar a través de las leyes y difundir a través de los medios masivos de comunicación una propia ontología, antropología y ética, incluso contrabandeando como libertades conquistadas lo que no son más que atentados contra la persona humana. Es lo que el cardenal J. Ratzinger llamó “dictadura del relativismo”. Si por tradición histórica y cultural la democracia ha estado siempre íntimamente asociada al reconocimiento y ejercicio de los derechos humanos, universales porque arraigados en una común naturaleza humana, hoy día se pretende imponer desde el poder nuevos, confusos e instrumentales “derechos individuales”, que comprenden la legitimación del aborto, la fertilización asistida, la eugenesia, la eutanasia, etc. El poder político somete así a controles procedimentales opciones radicales de vida, mostrándose obtuso frente a la dimensión objetiva de bien y del valor arraigadas en el ser de la persona y en la realidad de las cosas, que son contenidos de la ética natural, a priori del paradigma democrático. Es paradójico que cuanto más se critique a nivel latinoamericano el neoliberalismo económico, sin encontrar en verdad, al menos por el momento, alternativas factibles, más se busque la patente de “progresista” en el ámbito de propuestas y legislaciones caracterizadas por un individualismo salvaje y un ultraliberalismo radical, que atenta contra el primer derecho, que es a la vida, y arremete y disgrega el tejido familiar, social y cultural de los pueblos. (43)

Tanto el fundamentalismo como el relativismo resultan contrarios a la razón, aberrantes y violentos, socavan a la democracia dejándola en un pantano sin fundamentos ni energías de construcción y transformación auténticamen
te humanas.

Tomado de "Católicos y vida pública en América Latina" (ver Documentos relacionados)

Dietrich Bonhoeffer

“La prueba última de una sociedad moral es la clase de mundo que deja a sus hijos".

Cita bíblica

"Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: 'Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron'.


Y le contestarán los justos: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?'.


El Rey les responderá: 'Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí'".


Mateo 25:34-40

17/12/06

La política del gozo

... A principios de esta semana estaba hablando a un grupo de ministros metodistas y cantamos el villancico cristiano "Alegría al mundo". Hubo dos momentos de la canción que me hicieron detener la respiración.

El primero fue cuando cantamos "que cada corazón le haga lugar". Si el villancico es correcto, la forma en que la tierra recibe al "príncipe de paz" de Dios es mediante corazones individuales como el nuestro. Al hacer lugar, al abrir nuestros corazones a Cristo, al dejar que nuestras vidas sean el establo y el pesebre a los cuales las buenas nuevas llegan silenciosamente, al hacer que el vacío y la vaciedad en nosotros sean vulnerables a la llegada del Espíritu... nos volvemos, como María, "theotokos", portadores de Dios.

Esto podría sonar algo místico, y no político, y tal vez lo sea. Es algo que creo que todos podemos llegar a experimentar: la posibilidad de preparar lugar en nuestros corazones para que Cristo realmente venga.

Esto me lleva al segundo momento trascendente del villancico para mí esta semana: "Ya no crezcan el pecado y el dolor, ni infesten la tierra espinos. Él viene para hacer que sus bendiciones fluyan tan lejos como se encuentre la maldición".

La llegada de un rey bueno en el mundo antiguo significaba mucho, y si bien el lenguaje real pueda sonar arcaico hoy, creo que podemos recuperar su significado cuando pensamos en una tierra de espinos, contaminada por el pecado y maldecida por el dolor, volviéndose frondosa, fértil y saludable de nuevo; la bienaventuranza fluyendo sobre la tierra como una cálida brisa.

Y, por supuesto, es aquí donde lo personal y lo político se encuentran. Pensar en la justicia, hablar de la paz, debatir políticas públicas y trabajar por el cambio social son importantes... pero no como sustituto para la elección muy personal de "prepararle un lugar" en nuestros corazones para que (como dice el dicho) nosotros podamos ser el cambio que queremos ver en el mundo.

La forma en que "la tierra recibe a su rey" (y las bendiciones que trae) no es por medio de bombas, armas, teléfonos pinchados o golpes de estado; no es mediante publicaciones agresivas en blogs o pronunciamientos apasionados de los expertos en los medios. Más bien, el rey (y el reino) viene en primer lugar a los silenciosos corazones de personas humildes que "le preparan un lugar", y la alegría fluye al mundo a través de ellas.

Ese es el idioma de la formación espiritual, sin duda. Pero, ¿cómo puede haber transformación política en el mundo exterior de espinos, pecados y dolor si nuestras vidas interiores no se convierten en el pesebre en el cual nacen la esperanza, la sanidad, el facultamiento, el amor y el gozo?

Lo que ocurre en el mundo político -en el mundo público donde las personas se tratan justa o injustamente, pacífica o violentamente, como prójimos o como enemigos- nunca puede ser separado de lo que ocurre en el mundo personal. Y lo opuesto también se cumple.

Esa es la fuente de la política del gozo.

Brian McLaren (traducido de blog God's Politics: http://www.beliefnet.com/blogs/godspolitics/)

¿Qué está pasando, pues? (1)

...¿Qué está pasando, pues? Arriesguemos algunas hipótesis explicativas de esa escasa presencia de los católicos en los nuevos escenarios de la vida pública en América Latina, que sintetizaré en seis capítulos con los siguientes títulos: - el divorcio entre la fe y la vida; - el cisma tradicional entre elites y pueblos; - los influjos de la cultura relativista y hedonista; - la privatización de lo religioso en democracias “procedimentales”; - el agotamiento de esquemas ideológicos y políticos del mundo bipolar; - la crisis de las formas asociativas del laicado militante; - el descreimiento de la política.


El divorcio entre fe y vida

“Uno de los más graves errores de nuestra época” -señaló el Concilio Vaticano II - es el divorcio entre “la fe y la vida diaria de muchos”, así como las “opciones artificiales entre ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa, por otra” (28). Para muchos el bautismo ha quedado sepultado bajo una capa de olvido e indiferencia, de ignorancia religiosa, en la distracción y el descuido. Es muy frecuente también la tendencia a las vidas paralelas, fragmentadas, parcializadas, en las que la familia, la educación, el trabajo, las diversiones, la política y la religión ocupan como compartimentos separados y escasamente comunicados. En la existencia de los cristianos parecen muchas veces darse “dos vidas paralelas: por una parte, la llamada vida ‘espiritual’, con sus valores y exigencias, y por otra, la vida llamada ‘secular’, o sea la vida de familia, de trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura” (29). La fe recibida va quedando así reducida a episodios y fragmentos de toda la existencia. Se cae, pues en el ritualismo - lo religioso reducido a episódicos y a veces esporádicos gestos rituales y devocionales -, en el espiritualismo - el cristianismo evaporado en un vago sentimiento religioso, en el moralismo - la fe en Cristo salvador reducida a ciertas reglas y comportamientos morales -. En todos estos casos, la fe católica no es concebida ni experimentada como acontecimiento de un encuentro sorprendente y fascinante con Cristo, que abraza y convierte toda la vida del bautizado. Falta una “apropiación” personal del anuncio evangélico de modo que la fe crezca y sea cada vez más la experiencia y el significado totalizantes de la existencia.

El cisma entre elites y pueblos

El divorcio entre la fe y la vida refleja, y a la vez ahonda, la “ruptura entre Evangelio y cultura” que Pablo VI ya indicó como “el drama mayor” de nuestro tiempo (30). En América Latina este drama se incuba histórica y culturalmente y se manifiesta en el cisma entre las elites ilustradas, racionalistas, secularizantes, dependientes de los modelos sociales e ideológicos de las metrópolis, y las grandes mayorías populares, “barrocas”, de sedimentos católicos y tradiciones orales, que acompañó la formación de los Estados y su incorporación subalterna en el mercado mundial. Fue interpretado por esas elites como la oposición entre “civilización y barbarie”, entre los fautores del progreso y la modernización y los vastos “mundos” populares todavía anclados en la sociedad tradicional, “pre-moderna”. Similar cisma se prolongó en nuestro siglo XX en el que las elites ilustradas pagaron fuertes tributos a las ideologías dominantes del mundo bipolar. Sociologías de la modernización, con sus oposiciones simplistas y groseras entre lo rural-tradicional-sacro y lo urbano-racional-moderno-secular, y la vulgarización del marxismo, con lo religioso como opio del pueblo, inspiraron en diversas corporaciones actitudes públicas desconectadas de la realidad de los pueblos, fomentando que éstos fueran cada vez más descreídos de la cosa pública (31). ¡Proyectos de modernización, desarrollo y revolución a espaldas de los pueblos, que terminan por ser contra los pueblos! En el extremo de este cisma - que admitió según los países muchos grados, variantes y excepciones - estuvo el México gobernado durante siete décadas por una monocracia filo-masónica mientras el 90% de los mexicanos se confesaba católico y el 99% “guadalupano”; lo católico quedaba vedado de los ámbitos públicos, marginado de las instancias políticas, escolásticas, culturales y editoriales.

Es verdad lo que afirmaban los Obispos latinoamericanos en Puebla cuando señalaban que la fe católica parece tener escasa significación en los “criterios y decisiones de aquéllos que han asumido responsabilidades políticas e intelectuales en la organización de las sociedad latinoamericanas”. (32)

En tales condiciones, las formas arraigadas de piedad popular católica, con profundo sentido de la presencia del misterio, se limitaban así a ser pura resistencia, tendiendo a empobrecerse, no siendo suficientemente cultivadas. Incluso tuvieron que sufrir una vasta ola de iconoclastía por lecturas y aplicaciones secularizantes de la renovación conciliar, ¡precisamente cuando más se hablaba del “pueblo de Dios”! Por eso mismo, el episcopado latinoamericano, en Puebla, exhortó a las elites a “asumir el espíritu de su pueblo, purificarlo, aquilatarlo y encarnarlo en forma preclara, y, a la vez, desarrollar “una mística de servicio evangelizador de la religión de su pueblo”, expresada sobre todo por los pobres y sencillos. (33)

Sólo quienes se demuestren capaces de vivir una connaturalidad afectiva con el propio pueblo y recapitular, repensar, reformular y reproponer sus matrices culturales e ideales, bregando con realismo, pasión y competencia por sus intereses comunes, pueden tocar sus fibras profundas y ponerlos en movimiento.

Tomado de "Católicos y vida pública en América Latina" (ver Documentos relacionados)

16/12/06

Cita bíblica

Jesús los llamó y les dijo: "Como ustedes saben, los gobernantes de las naciones oprimen a los súbditos, y los altos oficiales abusan de su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de los demás; así como el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos".


Mateo 20:25-28

15/12/06

Clientelismo político

El clientelismo político es un sistema extraoficial de intercambio de favores, en el cual los titulares de cargos políticos regulan la concesión de prestaciones, obtenidas a través de su función pública o de contactos relacionados con ella, a cambio de apoyo electoral.

En un sistema de clientelismo, el poder sobre las decisiones del aparato administrativo del Estado se utiliza para obtener beneficio privado; el patrón —sea directamente un funcionario él mismo, u otra persona dotada de suficiente poder como para influir sobre los funcionarios— toma decisiones que favorecen a sus clientes, y que estos compensan con la perpetuación en el poder del funcionario implicado o de su entorno. La relación puede fortalecerse mediante la amenaza de utilizar esa misma capacidad de decisión para perjudicar a quienes no colaboren con el sistema.

Tomado de Wikipedia: "Clientelismo político"
http://es.wikipedia.org/wiki/Clientelismo_pol%C3%ADtico

César Chávez

"La historia juzgará a las sociedades y a los gobiernos -y a sus instituciones- no por cuán grandes son o cuán bien sirven a los ricos y poderosos, sino por cuán eficazmente responden a las necesidades de los pobres e indefensos".

Cita bíblica

Tú, Señor, escuchas la petición de los indefensos,
les infundes aliento y atiendes a su clamor.
Tú defiendes al huérfano y al oprimido,
para que el hombre, hecho de tierra,
no siga ya sembrando el terror.

Salmos 10:17-18

14/12/06

Carrió: La “moral chatarra” definió las elecciones

... Muchos creyentes de distintos credos también expresaban su cansancio contra la moral hipócrita de determinados sectores religiosos adscriptos al vicepresidente Dick Chenney, cuya agenda era la seguridad, la guerra y las cuestiones vinculadas con la vida sexual de las personas. Como me refirió el rabino Marcelo Bronstein, en una entrevista en el Templo de Israel, en Miami, donde asistimos a una experiencia interreligiosa e intercultural extraordinaria, con un coro que cantó a las 3 de la tarde canciones tradicionales del Gospel –algunos cristianos dicen que Jesús y María han sido secuestrados por estos sectores y básicamente por el poder para una agenda que yo diría es la contracara del Dios de la paz, la misericordia y la justicia–. El día de la elección estuvimos en Nueva Orleans, esa vieja ciudad hermosa y multicultural, donde en una misma calle hay hasta quince templos de las diferentes religiones: católicos, judíos, metodistas, bautistas, de los últimos días, episcopales, luteranos, y donde el nombre de cada calle delata la historia de franceses, por ejemplo Bourboun; de españoles, Loyola, y de norteamericanos. Es la tierra de Louis Armstrong, asolada hace dos años por un huracán que todavía muestra la desolación y destrucción de miles y miles de hogares, y donde en cada puerta de cada casa destruida hay un trailer donde moran sus habitantes desafiando al destino con la reconstrucción...

Esa noche yo estaba feliz por la derrota de Bush, por la derrota de la mentira y de la falsa religión de un Dios secuestrado por Bush para fundar la guerra, el miedo y la represión. No soy cronista, soy política y creyente, y brindé por tan aplastante derrota. Buen signo para los estadounidenses, gran signo para el resto del mundo. Que este tipo de políticas puedan ser resistidas desde la propia democracia, que donde había tanta confusión empiece a haber claridad, que la moral hipócrita del poder sea vencida en las urnas habla de un resto de civilización occidental que todavía puede reconstruirse...

Los escándalos sexuales de algunos legisladores republicanos también tuvieron incidencia porque vinieron a demostrar la hipocresía de una política fundada en una moral falsa, represiva, intolerante para las minorías sexuales, y marcaron la absoluta distancia entre el discurso del gobierno de Bush y la conducta de muchos de ellos, típica estrategia neoconservadora de avanzar en el plano económico en el capitalismo y de fomentar culturas reaccionarias en lo religioso y cultural para mantener el ejercicio del poder, y la agenda importante fuera del debate político. A ello le llamo moral chatarra para asimilarlo a lo hipócrita y a la utilización perversa de cuestiones centrales referentes a la condición humana, fuera del diálogo racional, de la interreligiosidad y de la interculturalidad. La estrategia republicana de propiciar enmiendas ligadas a la prohibición de casamientos entre homosexuales para incentivar la concurrencia a las urnas de sectores conservadores también falló...

Tomado de diario Perfil (12/11/06)
http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0150/int_001.html

¿Cómo evitar repetir errores en la iglesia evangélica?

...¿Qué debemos hacer ante esta realidad? ¿Cómo evitar que las experiencias negativas de los cristianos en la política se sigan repitiendo? Permítanme compartir algunas ideas al respecto:

1. El liderazgo debe tomar conciencia de que hay muchos campos en el mundo en donde es legítimo ser sal y luz. La iglesia debe reconocer que toda actividad humana legítima es un campo de misión. La política no es mala en si, Dios está interesado en gobernantes justos y capaces. Dios desea el bienestar de los pueblos y en esto juegan un papel importante los políticos.

2. La iglesia debe preparar a sus miembros a ser cristianos en el medio social y laboral en el cual les corresponde vivir. Mucho del discipulado que se da hoy día es enseñanza teórica que tiene muy poco que ver con el vivir diario. Gran cantidad de gente ha llegado a la iglesia, pero aun conserva muchas de sus viejas costumbres. Tenemos que enseñar a los miembros de la iglesia a vivir su fe, predicar con ejemplo y con palabra.

3. Debemos organizar las actividades eclesiásticas dejando un espacio para que los cristianos sigan insertos en su mundo social y laboral, de lo contrario no lo podrán cambiar. Cuando la gente se convierte, la queremos tan involucrada en las actividades de la iglesia que ya no tiene tiempo para servir de sal en el mundo. La efectividad de la misión de la iglesia está precisamente en que permanezcamos en el mundo y nos convirtamos en embajadores del Reino de Dios.

4. El liderazgo de la iglesia debe organizar actividades de reflexión sobre como manifestar las señales del reino en medio de la situación cultural y social imperante. No basta con tener buenas intenciones, se necesita preparación y experiencia. Los cristianos interesados en política o que ejerzan algún puesto de servicio deberían de participar de actividades de reflexión sobre problemas nacionales y las posibles alternativas de solución desde una perspectiva cristiana. El pastor interesado en la madurez de sus fieles necesita estar informado y recomendar buenos libros que promuevan la reflexión y profundización de temas sociales.

5. La iglesia debería organizar actividades propias para personas con profesiones específicas. Los profesionales tienen que enfrentar, al igual que otros trabajadores, situaciones que retan su fe, o bien, que necesitan definir como su posición cristiana. Los profesionales y trabajadores en campos específicos son las personas indicadas para asesorar a los servidores en el campo político.

6. Las iglesias deben rechazar todo intento de manipulación política. La iglesia debe mantener su libertad de opinión para poder aconsejar o apoyar a cualquier grupo que haga lo bueno para el país o para la comunidad, así como también para estar en desacuerdo y denunciar a todo aquel que esté haciendo lo perjudicial para la comunidad. Los políticos cristianos deben aprender a respetar la iglesia y no involucrarla en su propio proyecto político. El púlpito y el ministerio son para promover y proclamar a Cristo y su obra, no proyectos políticos partidistas de hermanos en la fe. Los hermanos y hermanas deben sentirse libres para votar y apoyar proyectos de acuerdo a su propia conciencia.

7. Como en todas las cosas, a los miembros de la iglesia se les debe dar instrucción para ejercer sus deberes y derechos ciudadanos en forma responsable. El cristiano está llamado a pensar en beneficio de los demás y de la comunidad. La iglesia debe tener una actitud semejante de buscar el beneficio comunal y nacional, antes que el beneficio propio. Se debe recordar a los miembros que no por ser cristiano un candidato será un buen funcionario. En la historia bíblica el Señor usa como sus instrumentos aun a inconversos, mientras que algunos miembros del pueblo de Dios tuvieron que ser desechados.

8. Los líderes cristianos deben evitar la tentación de involucrarse en la lucha por puestos en partidos políticos. Si deciden esa vía, lo más aconsejable es que no estén al frente de iglesias o ministerios cristianos específicos.

9. La iglesia debe asumir un papel profético al denunciar todo aquello que se opone a lo enseñado en la Palabra de Dios (pecado) y de apoyo a proyectos en beneficio de la comunidad (el bien común). Esto requiere un esfuerzo en el estudio e interpretación de la Biblia, pero esto es precisamente lo que Dios espera de nosotros.

10. Los líderes de la iglesia deben estar atentos al desarrollo de la vocación de los miembros de sus congregaciones. Estas vocaciones incluyen la del servicio público.

Si deseamos bendecir a nuestras naciones latinoamericanas tenemos que prepararnos responsablemente. Una participación irresponsable afecta el testimonio y avance de la obra de Dios. La no participación tampoco es una opción, ya que estamos llamados a ser bendición en medio de nuestros pueblos...

Tomado de "¿Político y cristiano?" (ver Documentos relacionados)

¿Dónde están las divisiones del Papa?

...Un hecho que impresiona en estos últimos 25 años, que son los más duraderos de democratización en casi toda América Latina, en los que ha habido profundos recambios de formas y liderazgos políticos, mientras muchos esquemas mentales e ideológicos quedaban sumidos en el anacronismo y se planteaban nuevos problemas y desafíos, es la escasez de significativas y fuertes presencias católicas en los liderazgos de primer plano en los nuevos escenarios públicos de nuestras naciones.

Cuando se considera la presencia pública de la Iglesia en el seno de las naciones se tiende a concentrar los reflectores en declaraciones, documentos e intervenciones de las jerarquías eclesiásticas nacionales, en sus encuentros y desencuentros con el poder político, en sus gestos y orientaciones respecto a las mayores cuestiones de la convivencia nacional. Y es lógico, pues los Obispos son, en comunión con el Papa, los custodios de la tradición católica en la vida de los pueblos, testigos, educadores y maestros para alimentarlos con razones de vida y esperanza. Así como los Obispos de la “nueva cristiandad de Indias” se presentaban con el título de “defensores de los indios”, a los Obispos compete actualmente en América Latina ser reconocidos como defensores de los pueblos en lo que les es de más valioso, fundamental y decisivo. Sin embargo, sólo una difundida imagen “clerical” de la Iglesia suscita esa concentración de atención.

Si los Pastores son servidores de un pueblo, ¿acaso no cabría preguntarse en donde están las “divisiones” del Papa y de los Obispos en la vida pública de las naciones? ¿Cuáles son las respuestas sociales, culturales, políticas de los cristianos? ¿Donde se están elaborando, experimentando y proponiendo nuevos aportes, nuevas obras, nuevos caminos, desde una presencia católica, para esta fase de desarrollo de América Latina, para la promoción de una cultura para la vida, la reconstrucción del tejido familiar y social, una alianza del mercado con la solidaridad y justicia, la reforma de la empresa y el trabajo, un replanteamiento profundo de la educación y la formación del capital humano, un despliegue de nuestra tradición cultural capaz de incorporar las innovaciones científico-tecnológicas para bien de la persona y de los pueblos, la creación de obras artísticas que reflejen el esplendor de la verdad, la difusión de nuevas modalidades de participación que consoliden la democracia y renovadas formas de auto-organización, promoción y asistencia de los excluidos y desfavorecidos? ¿Dónde están nuestros Adenauer, los De Gasperi, los Monnet, los Schumann, que estén afrontando los caminos efectivos de la necesaria integración regional, con los sacrificios, reconciliaciones y convergencias que implica, hacia la Unión Sudamericana en el marco de un nuevo protagonismo mundial? ¿Dónde nuestros Tomás Moro, obedientes súbditos de la autoridad, pero sobre todo de la ley inscrita por Dios en la conciencia del hombre, fuente de su auténtica libertad? ¿Cómo puede ser que en pueblos de tradición católica ésta no encuentre mayor expresividad política en caminos de contribución coherente y original ante los enormes desafíos y problemas de las naciones?...

Tomado de "Católicos y vida pública en América Latina" (ver Documentos relacionados)

Martin Luther King Jr.

"La oscuridad no puede desterrar la oscuridad; sólo la luz puede hacerlo. El odio no puede desterrar el odio; sólo el amor puede hacerlo. El odio multiplica el odio, la violencia multiplica la violencia, y la dureza multiplica la dureza en una espiral de destrucción descendente... La reacción en cadena del mal -odio engendrando odio, guerras produciendo más guerras- debe ser rota, para no ser sumergidos en el abismo de la aniquilación".

Cita bíblica

¡Levanta la voz por los que no tienen voz!
¡Defiende los derechos de los desposeídos!
¡Levanta la voz, y hazles justicia!
¡Defiende a los pobres y necesitados!

Proverbios 31:8-9

Propuesta: 50.000 fiscales para la transparencia y la igualdad electoral

Teniendo en cuenta que la falta de fiscales de mesa en las elecciones permiten el fraude en muchos lugares donde los partidos minoritarios no cuentan con una estructura suficiente, la propuesta es que los cristianos en el ARI ofrezcan 50.000 fiscales capacitados para fiscalizar las elecciones de 2007, garantizando la transparencia y la igualdad del voto no sólo para el ARI sino para todos los partidos políticos.

Los fiscales no tienen que ser afiliados del ARI ni tienen que votar por el ARI.

El ARI se encargaría de la capacitación y de organizar la distribución de los fiscales en las distintas mesas electorales, centrándose especialmente donde hay mayores necesidades.